| LA PATATA
Breve introducción a su historia y descripción
( y II )
Si la patata fue un alimento de consumo imprescindible
en el nuevo continente, también fue importantísimo
en la cultura alimentaria europea. Estuvo presente en la
vida de las personas igual que los grandes acontecimientos
de la historia y es indudable que en muchos países
marcó su progreso y su cultura gastronómica.
La patata fue un elemento muy importante en la industrialización
europea. Esto, que dicho así en frío parece
una exageración, es cierto y tiene su fundamento
histórico en que la patata vino a se la salvación
de la alimentación de la plebe europea cuando estaba
en vísperas de convertirse en el proletariado preindustrial,
pues en Europa no había entonces un alimento capaz
de sostener por sí sólo una jornada de trabajo.
El ganado era coto de los ricos y la caza, igual que la
leña de los bosques, monopolio de los nobles por
cuyas tierras corría. Si se sorprendía a un
campesino en plena caza furtiva o calentándose con
leña de un bosque feudal, se exponía a ir
derecho a la horca. Podemos decir entonces que la patata
es el primer antepasado directo de la revolución
industrial. Su cultivo colonizó toda Europa y adquirió
la importancia de una revolución , ya que formó
parte sin duda de los recursos de la primera revolución
industrial. Un economista, Wilhelm Roscher (1817-1894) sostuvo
incluso, un poco apresuradamente, que la patata había
sido la causa del crecimiento de la población europea.
Digamos, como mucho, que fue una de las causas.
Fue en Irlanda, que no tenía otras alternativas
alimenticias, donde la patata se convierte rápidamente
en alimento exclusivo. Esta dependencia se manifiesta dramáticamente
cuando aparece una plaga que acaba con las cosechas de los
irlandeses. Aún hoy se sigue recordando esta calamidad
en todo el país como la Irish Famine.
Rusia palió sus hambrunas con la patata. Su diezmada
población hizo suyo su cultivo y de ella obtuvieron
hasta su bebida nacional: el Vozka.
Al margen de su historia y de sus propiedades alimenticias,
la otra gran cualidad de la patata es la diversidad de formas
de preparación que admite tanto como plato único
como de acompañamiento de otros ingredientes principales.
Pero hay dos formas de prepararlas que destacan de las otras,
una anglosajona, las patatas fritas o "crips"
y otra española, "la tortilla". Sólo
con las variedades y trucos de estas dos preparaciones podríamos
escribir varios libros, pero se pueden dar unas breves pinceladas
sobre la historia de estas dos recetas.
Las patatas fritas las hizo por primera vez en 1853 un
cocinero indo-americano llamado George Crum en un hotel
de Saratoga Springs en el estado de Nueva York (EE.UU.).
El nuevo plato se preparó para un tal Cornelius Vanderbilt,
magnate ferroviario y cliente exigente que se quejaba constantemente
cuando sus patatas no estaban cortadas lo suficientemente
finas y las mandaba de vuelta a la cocina. Después
de devolverle el plato en varias ocasiones, el cocinero
decidió darle una lección al puntilloso cliente.
Cortó las patatas en rodajas tan finas que se podían
ver al trasluz, les dio una vuelta en aceite hirviendo hasta
que se pusieron crujientes y doradas. Pero el tiro le salió
por la culata ya que las patatas que salieron fueron todo
un éxito y se convirtieron en el plato por excelencia
de aquel hotel y más tarde de casi todos los restaurantes
y cafeterias del mundo. Hoy se producen en los cuatro continentes,
se envasan y distribuyen en todo el mundo y sus fabricantes
europeos están asociados en la "European Snack
Association" (E.S.A.) que facturan miles de millones
de euros por la venta de patatas fritas. Pero la patata
frita como tal, no se asombren si les digo que es de origen
gallega.
¿Porqué digo que el invento de la patata
frita es posiblemente gallego? Pues, porque después
de leer un informe publicado en la prestigiosa Web "El
Comercio Digital" sobre las patatas fritas, estos son
algunos de los datos más relevantes que saqué
de aquel interesante artículo.
Dice este informe que todo empezó en las tierras
de Mondoñedo donde una asturiana llamada Matilde,
barragana a la sazón del párroco de Villapedre
a mediados del siglo XVIII, quien a su vez era oriundo de
Andujar y tenía la sana costumbre de tener siempre
en casa una tinaja de buen aceite de oliva de su tierra
cordobesa.
Una noche que la brava asturiana no estaba para bromas,
cogió un par de patatas que le había llevado
su prima asegurándole que cocidas o asadas se podían
comer sazonándolas un poco. Las partió en
rodajas en forma de panza de calamar, las echó en
una trébedes con aceite hirviendo, pensando que al
cura no le gustarían y se enfadaría. Pero
el curita, a quien el arzobispo gallego le había
dicho que estaba por la labor de cobrar diezmos por el cultivo
de dicho tubérculo, se puso morado de patatas fritas
y le pidió a su manceba Matilde que a partir de entonces
le pusiera patatas fritas todas las noches.
Poco después acertó a pasar por casa del
cura, su amigo y conocido gastrónomo lucense, J.
de Candelucus, que regresaba de Francia de asistir al famoso
banquete que su colega y amigo Antoine Augustin Parmentier,
le había ofrecido al rey Luis XVI y su esposa María
Antonieta, con diversos platos confeccionados a base de
patatas. Al probar las patatas fritas de Matilde consideró
que eran un auténtico manjar y guardó aquel
secreto hasta que, años más tarde, en una
noche de fiesta y aguardiente se los comentó a su
compañero Parmentier, y aunque este hizo la prueba
con mantequilla, el éxito fue tan extraordinario
que cambió el método y forma de consumir las
patatas.
La otra gran preparación de las patatas es en tortilla.
Una receta genuinamente española que forma parte
de todas las gastronomías comarcales y regionales
de España, hasta el punto que hoy internacionalmente
se conoce como Tortilla Española. Como decía
Pérez Lugín, es uno de los platos más
inteligentes de la historia de la cocina mundial. A nadie
se le había ocurrido antes el unir sobre una base
ligera de grasa (aceite) a las patatas con los huevos. Hoy
forman parte de un exquisito maridaje no exento de talento
a la hora de hacer la receta.
Se desconocen el lugar y la fecha en que se conoció
por primera vez una tortilla de patatas, pero es muy posible
que naciera entre los siglos XVII y XVIII en cualquier lugar
hoy ignorado que lo mismo pudo ser en el modesto hogar de
un labrador o campesino, que en una comida realizada por
caminantes o soldados en una venta junto al camino como
las que conoció el ingenioso hidalgo. Acaso se comió
por primera vez en el refectorio de un convento, o se inventó
por el cocinero de una casa noble, o nació en la
estancia de una dama anfitriona, pues es un plato tan sencillo,
sin pretensiones, que puede ser comido caliente o frío.
Sea cual fuere su origen, la tortilla de patatas enraizó
fuertemente en la vida española, tanto, que no era
ni es concebible festín, merendola o romería
donde la tortilla no esté presente, acompañada,
eso sí, del mollete, la bota de vino y a veces la
empanada.
Nuestra tortilla de patatas debe ser siempre redonda,
amarilla -de buenos huevos- y esplendorosa como el disco
solar, admite el maridaje de la cebolla y a veces, con verdadero
acierto, el chorizo o unas briznas de bonito o bacalao.
Sin intentar siquiera ser pretencioso, yo calificaría
gastronómicamente a la tortilla de patatas como "La
Joya del Milenio".
Algunos comentaristas e historiadores aseguran que la
tortilla de patatas o tortilla española, era bien
conocida en Navarra cuando se luchaba contra el ejército
napoleónico y así lo afirma el historiador
José María Ibarren que lo toma de un memorial
anónimo en el que se hablaba del alimento de la tropa
en el año 1817 que fue presentado ante las Cortes
de Navarra. Otros autores confirman que este tipo de tortilla
era plato habitual en estas tierras durante la primera guerra
carlista (1833-1840) y que en alguna comida de campaña
le fue ofrecida una tortilla de patatas al general carlista
Zumalacárregui.
La tortilla de patatas figura en diversos recetarios del
siglo XIX como manjar de uso frecuente y el cocinero-gastrónomo,
Angel Muro, tan afrancesado en sus gustos culinarios, le
dedica un gran capítulo en su obra "El Practicón"
donde le otorga un especial interés y describe minuciosamente
su elaboración.
La tortilla de patatas tiene una sola forma de hacerse,
es decir, se fríen las patatas, se le añaden
los huevos batidos y se cuaja por los dos lados. Esta es
la teoría simplificada, pero después, en la
práctica, hay mil maneras, mil trucos, mil secretos
con los que cada cocinero o cocinera hace su propia tortilla
personalizada.
En 2003 se celebró el "V Campeonato de España
de la Tortilla de Patatas. A tenor de los resultados obtenidos
en estos cinco años de celebración del campeonato,
la conclusión puede ser que las mejores tortillas
de patatas se hacen hoy en día en Palencia y sobre
todo en A Coruña. El primer Campeonato lo ganó
José Crespo del Restaurante "El Manjar"
de A Coruña; el segundo Campeonato fue para Ciri
González, del restaurante "La Encina" de
Palencia; el tercero lo ganó Josefina Sagardía
del restaurante "El Casino" de Lesaka; el cuarto
lo conquistó de nuevo Ciri González del restaurante
"La Encina" de Palencia y el quinto fue para Carmen
Castelo del "Mesón O´bo" de A Coruña.
Como se puede ver, dos estupendo cocineros de A Coruña
y una extraordinaria cocinera de Palencia, que obtuvo el
galardón en dos ocasiones.
Preguntada a la restauradora Ciri González por
el secreto de la elaboración de su tortilla de patatas,
esta fue su respuesta:
-Emplea patata de la variedad kennebec procedente de las
huertas cercanas de la ciudad de Palencia. Hay que pelarlas
en el momento de hacer el plato, no las lava, las limpia
con un trapo, las corta en dados pequeños de un centímetro
aproximadamente y las sazona en crudo, antes de empezar
a freírlas. El aceite que usa es de oliva-virgen-extra,
cordobés, de la marca Señorío de Vizcantar,
que tiene un sabor amargo muy característico. Coloca
una sartén al fuego vivo con abundante aceite, vierte
las patatas que deben hacerse cubiertas prácticamente
por el aceite. Se empieza con mucho calor para ir descendiendo
paulatinamente la temperatura. El tiempo llega a los veinte
minutos, dándoles unas vueltas a los diez. Tienen
que quedar más fritas que cocidas. Una vez extraídas
de la sartén, las pone en un escurridor para que
suelten el aceite. Los huevos deben de estar a temperatura
ambiente y hay que batirlos mucho. La cantidad: 8 huevos
por cada 500 gramos de patatas. Mezcla los huevos con las
patatas y las deja macerar durante 3 minutos. Finalmente,
pone una sartén a fuego fuerte, muy caliente, la
unta levemente con aceite, echa la mezcla y la mantiene
unos instantes, justo hasta que se cuaje, momento en el
que la retira a un plato grande. Vuelve a echar unas gotas
de aceite en la sartén bien caliente, introduce de
nuevo la tortilla por la otra cara y la deja cuajar el mismo
tiempo. La tortilla debe quedar cremosa por el centro, sin
cuajar demasiado el huevo y su grosor debe de ser más
de un dedo y menos de dos. Este estilo de hacer la tortilla
de patatas le ha merecido a Ciri González ser galardonada
en dos ocasiones como la mejor cocinera de tortilla de España.
Pero, a pesar de que las patatas fritas y la tortilla
de patatas son las preparaciones mas reconocidas en nuestro
país, lo cierto es que hay otras recetas genuinamente
españolas que forman parte del recetario nacional
por mérito propio. Me refiero, por ejemplo, a las
Patatas a la Importancia, de las que más adelante
daré mi receta, o, sobre todo, de las Patatas Panadera
que son un acompañamiento indispensable para todos
los asados castellanos y para la mayoría de los pescados
al horno.
¿Y por que se llaman Patatas Panadera? Pues, porque
se empezaron a poner como guarnición en compañía
de las cebollas, en la cazuela con el cordero que iba al
horno lento de leña del panadero, una vez ya hecha
la hornada del pan del día y aprovechando el calor
residual de la bóveda del horno. Y eso es lo que
son, unas patatas asadas en el horno, por eso adquieren
esa textura y ese sabor distinto que le dan la cocción
lenta y la mezcla con el sabor de la cebolla. Hoy no sólo
acompañan al cordero sino que se cocinan como guarnición
independiente y sirven para acompañar todo tipo de
carnes y pescados.
Hay dos formas tradicionales de hacerlas, pero siempre
en el horno.
Se cortan las patatas en rodajas finas y las cebollas
en juliana también fina. Opcionalmente se puede también
poner un diente de ajo muy picadito. Se extienden las patatas
en una fuente de horno, se rocían con aceite y se
añaden las cebollas y opcionalmente el ajo, se salpimentan
y se cubren hoy con un papel de aluminio donde antiguamente
se ponía una teja. Se mete la fuente al horno ya
caliente a 160º durante 20 ó 30 minutos. Los
cinco últimos minutos se destapa la fuente para que
las cebollas y las patatas se doren un poco. Se escurren
bien del aceite, se espolvorean con perejil picado y se
sirven. Una delicia.
La otra forma de hacer las Patatas Panadera tiene la misma
preparación, con la única variación
de que a los ingredientes antes citados, se les añade
un poco de caldo de carne o de pescado, dependiendo de a
quien sirvan de guarnición.
Pero a la patata hay que darle el mérito que realmente
tiene en nuestra alimentación y en nuestra gastronomía,
por ello no hay mejor receta que la que engrandece a este
tubérculo como ingrediente único de un plato
y que bajo el pomposo pero cierto título de Patatas
a la Importancia nos presenta una receta tan antigua como
única y tan espectacular como sabrosa. Por ello voy
a dar aquí una receta que aprendí de la Sra.
Concha -mi suegra- y que recomiendo al amable lector de
este artículo.
Se necesitan 800 gramos de patatas, dos huevos, medio
litro de agua, una pastilla de caldo de ave, una cebolla,
un diente de ajo, harina, dos cucharadas de perejil picado,
aceite de oliva y sal.
Se pelan las patatas y se cortan en rodajas gruesas, se
rebozan en harina y huevo batido y se fríen sólo
hasta dorarlas por los dos lados en una sartén con
abundante aceite. Se escurren y se reservan. Se prepara
un caldo con el medio litro de agua y la pastilla y en otra
cazuela con un chorro de aceite se rehoga la cebolla y el
ajo picados finamente. Cuando la cebolla cambie de color
-se vea transparente- se pone una cucharada de harina y
se remueve enérgicamente para que se ligue con el
aceite y no forme grumos. Después se añaden
las patatas y el perejil picado, se cubren con el caldo
caliente y se dejan cocer tapadas durante unos 15 ó
20 minutos, hasta que las patatas estén tiernas.
Se sirven calientes.
Después de este sabroso plato, volviendo de nuevo
a la historia de la patata y pese a que en la escrita por
los ingleses y franceses sobre su uso como alimento, se
otorgan el mérito de ser los primeros que la utilizaron
en Europa, lo cierto es que los españoles no solo
las trajimos de América, sino que también
fuimos los primeros europeos en cultivarlas con fines alimenticios.
Para avalar esta tesis, se sabe que en 1575 el Hospital
que regentaba la Hermandad de la Caridad de Sevilla pasaba
por dificultades económicas y por el consejo de alguno
de los indianos repatriados, los hermanos utilizaron las
patatas que se cultivaban en algunas de las tierras a orillas
del Guadalquivir para alimentar a los enfermos obteniendo
una excelente aceptación por parte de éstos.
A la vista del éxito se decidió plantar las
patatas en los huertos conventuales. Por otra parte, el
19 de diciembre de 1577 la madre Teresa de Jesús
enviaba desde Ávila una carta a la priora del Convento
del Carmen de Sevilla, para agradecerle unas patatas y otros
bienes que le habían enviado.
Estos hechos y alguno más, que haría excesivamente
largo este artículo, demuestran que en estas fechas
ya existían en Andalucía plantaciones de patatas,
muy anteriores a las que documentan franceses e ingleses
e incluso a los que referencia el irlandés J.T. Dillon
y que afirma haber visto en Galicia en 1789 o a los que
en 1736 reconocía el párroco del pueblecito
de Santiago de Bravos, en la provincia de Lugo.
Fuese de una forma o de otra, lo cierto es que la patata
ha venido a significar una auténtica revolución
en la forma de alimentarse el ser humano. No creo que exagerara
mucho si digo que, junto con los cereales, la aparición
de la patata marca un antes y un después en la historia
de la alimentación y es representativa de ese espacio
de transición entre la alimentación natural
y la elaborada, ya que, además, no sólo su
consumo revolucionó la alimentación mundial
sino que modificó la concepción alimenticia
del resto de los alimentos al ser la patata, en cualquiera
de sus variedades gastronómicas, la que los acompaña
a la mesa haciendo un maridaje perfecto con huevos, legumbres,
verduras, hortalizas y todo tipo de carnes y pescados. Es
decir, prácticamente con todo. Nada más y
nada menos.
Jorge Fernández Nogueira
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