Sociedad Gastronómica y Cultural Fonseca
Gastronomía de Coruña - Gastronomía de Galicia
Aunque el término "dieta Mediterránea" es impreciso dado que los patrones dietéticos de los países Mediterráneos varían ampliamente en el consumo de alimentos específicos y por tanto en la ingesta de nutrientes, el núcleo de la llamada "buena dieta Mediterránea" es ser principalmente vegetariana y difiere de aquellas de los americanos y del Norte de Europa en que es mucho más baja en carne y lácteos y utiliza fruta como postre. Este patrón dietético de consumo de frutas y hortalizas coincide plenamente con las recomendaciones para conseguir un aporte adecuado de nutrientes a partir de la dieta, así como para la prevención de determinadas enfermedades crónicas y degenerativas de gran prevalencia en países desarrollados (cardiovasculares, cáncer, cataratas....)
Hoy día, sin embargo, no se piensa que un único nutriente pueda proteger frente a la enfermedad, sino que la dieta debe considerarse globalmente, en términos no sólo de categorías de alimentos sino como variedad y formas de preparación, patrón de comidas diario y anual, apoyando el punto de vista holístico de la relación entre ingesta dietética y enfermedad. Así, parece claro que, a la hora de evaluar la relación entre dieta y salud, tan importante es considerar lo que se come como lo que se deja de comer, teniendo en cuenta que una dieta variada que incluya todos los grupos de alimentos, esto se debe entender como la frecuencia con que se consumen distintos grupos de alimentos.
Una dieta variada es uniformemente recomendada para asegurar el aporte de todos los nutrientes necesarios y, especialmente, el consumo de frutas y hortalizas como medio para asegurar una ingesta adecuada de vitaminas y minerales. Las frutas (y hortalizas) constituyen, de forma característica y distintiva, una fuente excepcional de la mayoría de las vitaminas, minerales y otros compuestos potencialmente beneficiosos para la salud (fitoquímicos), a la vez que proporcionan fibra y carbohidratos complejos, con pocas calorías y grasas saturadas. Es decir, las frutas y (hortalizas) en sí mismas cumplen el doble objetivo nutricional al presentar en su composición lo que "hay" que tomar y poco o muy poco de los que "no hay" que abusar, razón por la cual su consumo es ampliamente recomendado en la prevención de enfermedades crónicas y degenerativas, a diferencia de otros grupos de alimentos.
Sin embargo, actualmente, sufrimos una occidentalización de nuestra dieta que supone cambios de hábitos dietéticos asociados al modelo de "Dieta Mediterránea", y entre ellos, cabe destacar el progresivo abandono de la fruta como postre en nuestras comidas y su sustitución por derivados lácteos. Estos cambios son, si cabe, de mayor relevancia cuando se dan por parte de determinados grupos de población donde existe una mayor demanda de nutrientes (crecimiento) y, por tanto una mayor vulnerabilidad frente a ingestas inadecuadas de estos. El consumo de postres lácteos en lugar de frutas en los niños es algo cada día más habitual y que obedece a diferentes causas, incluidas el cambio de hábitos dietéticos en la población general, la comodidad de los padres para dar un postre ya preparado (la fruta hay que pelarla, partirla, animarles a que se la coman y tener paciencia!!), la gran variedad y oferta de productos (líquidos, semisólidos, grandes, pequeños, con colores, con sabores , con trozos, con o sin grasa, con microorganismos A, B ó C) y por supuesto, la mayor aceptación de estos postres por parte de los niños, determinada en buena parte por la gran publicidad y mercadotecnia que los acompañan (regalan chapas, cromos o etiquetas con Pokemon, juegos,....).
Aunque el consumos de lácteos también es indispensable, especialmente durante el crecimiento, el consumo de éstos y de frutas no es excluyente sino, por el contrario, complementario, teniendo en cuenta que ambos grupos de alimentos no son nutricionalmente equivalentes ni intercambiables y, por tanto, no debería sustituirse el consumo de uno (fruta) por otro (postre lácteo). Asimismo aunque la inclusión de trozos de frutas en productos lácteos es tecnológicamente posible y comercialmente un hecho, desde un punto de vista nutricional tampoco debe ser considerada como alternativa válida al consumo de frutas, básicamente, porque la cantidad incorporada al producto lácteo (por ración) es sustancialmente menor que la correspondiente ración de fruta, lo que supone un aporte significativamente menor de estos nutrientes contenidos en las frutas, fundamentalmente vitaminas, minerales y otros fitoquímicos. Por otra, parte los procesos tecnológicos, aunque sean mínimos, a que se deben someter tanto la porción de frutas a incorporar como el producto lácteo, pueden conllevar pérdidas y/o cambios en distintos compuestos con actividad biológica de las frutas. En este sentido, nótese que el consumo de grutas (frescas) no implica ninguna pérdida en el contenido de nutrientes puesto que no existe ningún procesamiento intermedio sino su ingesta directa. Por último, aunque es obvio, tampoco es recomendable tratar de compensar este menor contenido de frutas incorporadas a los lácteos aumentando el número de raciones de lácteos que las contienen dado que, previsiblemente, aumentaría de forma paralela la ingesta de algunos componentes (p.e. calorías, grasa saturada).
Tradicionalmente, las frutas se han consumido esencialmente como postre constituyendo una de las características diferenciales de nuestra "dieta Mediterránea". El abandono de este hábito y su sustitución por el consumo de otro tipo de postres, nutricionalmente distintos y no equivalentes, desplazaría a las frutas a su consumo en el desayuno y/o merienda, comidas a veces rápidas, frugales, incompletas y no siempre realizadas especialmente por los niños, a la vez que compromete la variedad de la dieta y el aporte adecuado de todos los nutrientes.