Querida Pilar:
Quizás tengas razón y sea el aumento de peso lo que más te llame la atención de un largo proceso en el que te vas sintiendo diferente. Pero esto es sólo una alarma roja porque ya hace tiempo que la cosas ya no son "como antes". El descubrirlo y analizarlo nos llevará de la mano a apagar también la luz roja, pero sobre todo a entender el porque has llegado a esa situación tan evidente y a la vez tan fácilmente recuperable.
Hay que partir de una serie de principios que, aunque de sentido común, no suelen tenerse en cuenta a la hora de elaborar un plan para equilibrar el peso. Y este es el primero: No se debe adelgazar como un fin sino tratar de recuperar el equilibrio perdido. Esto conducirá inevitablemente a reflexionar de forma honesta sobre lo que se está haciendo y a tomar las medidas adecuadas para alcanzar ese fin que no es otra cosa que la felicidad, aunque sea con letra pequeña. Por tanto de ningún modo debe ser una tortura sino todo lo contrario, algo tan gratificante que puede y debe pasar desapercibido.
Es fundamental conocer y asumir los errores que estamos cometiendo. Inmediatamente tener una clara conciencia de que vamos a cambiar determinados hábitos, pero que de todos modos lo seguiremos pasando tan bien como antes o incluso mucho mejor al descubrir cómo somos capaces de modificar determinadas actitudes que hemos ido adquiriendo inconscientemente hasta conducirnos al actual desequilibrio, al menos físico.
Hay que dejar sentado que adelgazar no es pasar hambre ni hacer cosas raras. Y no lo es porque los planes basados en el hambre cuentan sobre todo con la fuerza de voluntad y está claro que ésta se consume, se agota y con ello se derrumba el castillo de naipes.
El peso ideal es algo específico para cada persona y no sólo depende de la edad, la talla y el sexo sino también de la personalidad del individuo, su nivel de confort y salud, los hábitos sociales, familiares, profesionales, etc.
El sobrepeso es, muchas más veces de lo que parece, la expresión de un conflicto vital nunca bien aceptado entre lo que uno quisiera y lo que realmente se puede alcanzar. Por tanto hay que planteárselo así, como la conquista de ese equilibrio y uno de cuyos primeros logros es la devolución en el espejo de esa imagen que anhelamos. Por tanto hay que mentalizarse primero que no vamos a hacer un régimen de adelgazar sino recuperar ese peso conveniente -no el estándar señalado en los baremos oficiales- y que transitoriamente hemos perdido.
Por eso hay una serie de premisas que conviene recordar:
1) El que no desayuna engorda. Es seguramente la trampa más común en que cae el aspirante incauto. A la naturaleza no se le puede engañar: nos pasará la factura en forma de inocentes compensaciones entre horas, aparte de la voracidad del mediodía.
2) La forma de vida actual es fundamentalmente sedentaria, pero no sólo por las horas de oficina o automóvil seguramente inevitables. sino por las mil pequeñas o grandes cosas como son las 8 o 30 horas semanales de televisión en vez de las 2 ó 4 del cine, la utilización rutinaria del ascensor, la calefacción, el abandono del "dar una vuelta" y tantas otras comodidades añadidas. Además ¿Te has dado cuenta de que ya no juegas como hace 3, 5 ó 10 años?. Aún puedes y debes jugar a muchas cosas.
3) El que come aprisa come más pero no se entera. Comer despacio es siempre comer un poco menos.
4) ¿Es realmente necesario el postre o es otra trampa para comer un poco o un mucho más de lo que nos conviene?
5) Atención al estreñimiento. Algo se está haciendo mal. Seguramente comer. Posiblemente has olvidado también beber. Bebe más agua, bastante más. Es una regla básica de la buena alimentación.
6) Se engorda entre horas porque son siempre extras que crean lógicamente un peso extra.
7) Hay un paseo doméstico en cualquier casa y a cualquier hora que lleva inevitablemente a la nevera. Es muy difícil cambiar esos hábitos, pero relativamente fácil variar el contenido del frigorífico.
8) Si nos referimos constantemente a un tema nuestra atención fijará cada vez más esas imágenes. Si hablamos de comer o adelgazar, cada vez tendremos más ansia por los alimentos.
9) La televisión es la madre del sedentarismo. La obesidad general ha ido siempre paralela con el aumento de eso que llaman audiencia.. Además su publicidad deforma los hábitos alimentarios paulatinamente al invertir los esquemas recomendables.
10) Y sobre todo lleva una vida absolutamente normal, lo que te dará confianza.
Es evidente que los hábitos evolucionan y los sustituimos por otros generalmente menos recomendables sin apenas darnos cuenta. Nos sobran golosinas, bollería....pero de eso hablaremos otro día ¿Qué te parece?